
Por Rosario Puga
Hay películas que renuevan la tipología de los héroes y de los géneros. Algo así sucede con Drive el film de cineasta noruego Nicolas Winding Refn una realiazción notable disponible en los cines de nuestro país que comentamos en la Casa de los espejos.
Drive es una propuesta sobre el héroe anónimo que se centra en un ambiguo sentido de justicia. Cuenta con la actuación de Carey Mulligan (que se está convirtiendo con Samantha Morton en una verdadera referencia de lo femenino de este siglo) y Ryan Gosling, quienes son parte del nudo central de esta historia vertebrada en torno a automóviles y velocidad en las calles de Los Angeles, California.
Gosling le da vida a un enigmático y silencioso corredor de autos, ensimismado en una ambigua personalidad, que vive su vida en silencio detrás de un volante. Ella entre resignada y perpleja con su suerte es la clásica heroína que puede inspirar la redención de un ser al margen. Pero la forma en que transcurre la trama revierte el conflicto de un intimismo muy particular, intensamente moderno.
En ese punto el director noruego Nicolas Winding Refn logra poner la cámara al servicio del personaje de Gosling con una limpieza extraordinaria, que mezcla el silencioso carácter del protagonista con el registro de las calles y por supuesto con la estética de los autos que son su segunda piel. El cineasta convierte el retrato de Los Ángeles en el marco perfecto para la historia que deriva a lo clásico del gansterismo pero lo hace desde lo que podríamos llamar un tratamiento nórdico.
La trama se desarrolla en un universo amoral, donde los personajes se relacionan en base a intuiciones mínimas que se convierten en fuertes motivaciones para la lucha por la sobrevivencia. Estas claves se logran por la maestría del realizador que alarga nuestra mirada sobre los detalles, al ritmo de los largos silencios del protagonista que marcan la cadencia del montaje. Es interesante notar que el desarrollo de la narración está determinado por el temperamento del personaje principal, quien entra en la tradición de los antihéroes del cine.
Hay algo en extremo pulcro en la fotografía, que evita cualquier circunstancia, detalle o elemento secundario que nos desvié de lo inmediato. Cuidando con rigurosidad no aportar antecedentes biográficos de los personajes ajenos al presente del relato.
Todos estos elementos otorgan a DRIVE un carácter hipnótico, que renueva el registro clásico del sádico que pone sus propias reglas, que tanto gustan y tanto se explotan en el cine actual. De hecho la irrupción de la violencia sorprende entre otras cosas por el silencio o mejor dicho el vacio que lo rodea.
En esa dirección son notables las largas e inmutables miradas que comparten los personajes centrales, beneficiados por el cuidadoso tratamiento visual que da el cineasta a la interacción entre ambos, que algunos críticos piensan es un regalo para el actor y su delicada química con Carey Mulligan. La crítica ha destacado también el registro logrado por el veterano actor Albert Brooks, quien construye espléndidamente al mafioso del vecindario que por su trivialidad resulta aterrador.
Como señala José Arce en su reseña en el sitio la Butaca.net “Ante semejante panorama, los derroteros por los que transita “Drive” ─especialmente en el último acto─ no hacen sino convertir su propia previsibilidad en un hipnótico ejercicio de nostalgia que llora la soledad del guerrero…
Valga decir que el final abierto deja la inquietud de que venga una saga, lo que sería lamentable ya que el registro del caído /justiciero está simplemente redondo y sería lamentable cualquier reiteración.
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