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Argumentos para despenalizar el aborto desde los Derechos Humanos

08 de Septiembre de 2015 -

Interrupcion voluntaria embarazo

Se ha asentado en el sentido común de quienes se oponen a la despenalización del aborto, afirmar que el feto adquiere desde la fecundación la dignidad de “persona humana”, y que por lo mismo, la interrupción voluntaria del embarazo por la mujer supondría un conflicto de derechos. En respuesta a tal perspectiva, quisiéramos reflexionar sobre una frase expresada por Michelle Bachelet, quien argumentó acertadamente en favor de su proyecto que con él “se ponen en tensión los criterios de humanidad”.

Efectivamente en los “criterios de humanidad” se resume y se ponen juego los aspectos centrales del debate. ¿Cuáles son los criterios de humanidad que la dictadura se planteó para la penalización de todo tipo de aborto? ...Cuando se apela a la ética, ¿la empatía se ejerce por igual hacia el feto o hacia la mujer en tanto que persona? ...Cuando se habla de la “dignidad de las personas” o de humanidad a secas, ¿en el imaginario se sigue pensando en el cuerpo de los hombres como modelo de humanidad, o se ha hecho ya el ejercicio de incluir a los cuerpos de las mujeres y de otras diversidades?

Resulta evidente que además de los argumentos históricamente esgrimidos por el Feminismo, y que remiten a la existencia de una hegemonía patriarcal que dispuso el control de la sexualidad y de los cuerpos de las mujeres, en sociedades controladas por hombres con miras a la reproducción; la cuestión de la “humanidad” y de la “persona” no son en absoluto ajenas a la lucha política por el reconocimiento pleno de las mujeres como sujetas de derecho, como seres libres e iguales con capacidad de decidir sobre sí mismas.

Por ello, en nuestra opinión, resulta estimulante poner en diálogo y en tensión el Feminismo con la Filosofía de la Persona, porque lamentablemente ésta se ha transformado en el “argumento fácil” de los grupos conservadores que se oponen a la despenalización del aborto desde una presumida posición “pro-vida”. Estos grupos, generalmente católicos, en un ejercicio de reducción intelectual, han limitado esta filosofía y su contenido básicamente al reconocimiento de la humanidad y dignidad del embrión, y en cambio han olvidado por completo razonar en “reciprocidad” respecto a los derechos de las niñas y de las mujeres.

Humanidad y derechos, persona y dignidad, son conceptos que nos remiten a la Ilustración, y que surgieron en el contexto de la crítica al poder absoluto de los reyes, quienes podían disponer de la vida y de la muerte de sus súbditos, en un régimen donde ni los hombres ni las mujeres del pueblo tenían derechos. Esta misma crítica hizo frente al poder de la Iglesia, la cual desde el púlpito y a través de la moral, ejercía sobre las conciencias de las “almas” la capacidad de dictar qué era lo bueno y lo malo. En oposición, la Filosofía laica (ilustrada) va a ser la que buscará desde la ética una nueva definición sobre qué implica la condición de humanidad y los derechos que de ella dimanan.

Este intento ilustrado por desarrollar un pensamiento laico, autónomo de las instituciones religiosas, y a la vez capaz de traducirse en un lenguaje ético y racional fue en gran parte el empeño al que se dedicó durante el siglo XVIII el filósofo Inmanuel Kant, quien vino a plantear en su obra “La Crítica de la Razón Práctica” tres “Imperativos Categóricos”, de los cuales el más importante es el “Principio de Humanidad”. En simple, argumenta que toda persona es siempre un fin en sí misma y jamás un medio, y que toda ética que responda a este principio deberá basarse en la reciprocidad como razón, descartando la utilidad como medio legítimo entre seres humanos.

Cabe destacar que su pensamiento concitaba un doble rechazo. De un lado la Iglesia Católica condenaba a la Ilustración en general como un “error” y descartaba de plano la existencia de derechos y libertades. Mientras del otro, en las antípodas del conservadurismo, el liberalismo inglés –basado en el egoísmo universal de los seres humanos- elogiaba la utilidad como un valor moral, al punto de oponer a la “razón ética” de Kant una “razón técnica”, conocida también como “razón instrumental”.

Las ideas de Kant dieron origen a un proyecto de modernidad que contrapuso la justicia a la globalización puramente económica. De hecho, su pensamiento está en la base de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, en cuyo primer artículo y como un eco de sus ideas puede leerse: “y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. El influjo del filósofo resultó clave y produjo frutos en las diferentes familias del humanismo, pasando por el Pensamiento Judío, el Humanismo Cristiano, el Humanismo Laico, y más recientemente en la Filosofía Dialógica de figuras como Jürgen Habermas o Karl-Otto Apel.

El Feminismo, en este sentido, debe ser reivindicado como un humanismo de pleno derecho. Es la reflexión y el pensamiento que las humanas excluidas construyeron al margen de la sociedad patriarcal controlada por los hombres. No se debe olvidar que hasta la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la lucha por el sufragio y los derechos políticos del “segundo sexo” se había dado de manera aislada en algunos países, pero aún no había alcanzado la dimensión de “universal” que adquirió a partir de 1948. Este hecho constituye en sí un verdadero hito, porque nominalmente las mujeres pasaron a tener los mismos derechos, deberes, seguridades y oportunidades que cualquier varón: empezando por el derecho a ser educadas aun hasta el nivel universitario; por el incumplido derecho a recibir un igual salario en el trabajo; y por sobre todo por el derecho a poder desarrollar proyectos de vida con la misma libertad que los hombres y a tener un acceso equitativo a las posiciones de liderazgo y cargos de poder. Es obvio, que aún en 2015, muchas de estas aspiraciones todavía no se han cumplido, y es en tensión con ellas que existen grupos conservadores que insisten en asignar a las mujeres “roles de género”, donde la maternidad es “obligatoria” y se penaliza toda forma de aborto.

Si las mujeres son tan humanas como los hombres, entonces obviamente gozan de la misma “dignidad”, que incluye nada menos que la libertad de conciencia, la autonomía, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, y en definitiva todas las posibilidades que se derivan de la igualdad de derechos y de la libertad personal. Las mujeres –parafraseando a Kant- son en sí mismas un fin y jamás un medio, y deben ser tratadas recíprocamente de acuerdo al “Principio de Humanidad”. Por lo tanto, al igual que los hombres, sus personas no pueden ser violadas ni psíquica ni corporalmente, y en consecuencia, sus cuerpos no pueden ser obligados a cumplir con roles y pautas culturales que las consideran como una máquina “útil” para la reproducción. Aquí entra con toda su fuerza la consigna feminista por el “derecho a decidir”, donde ya no hay utilidad, ni funcionalidad, ni órganos, ni hormonas, ni nada que esté por encima de la dignidad y la conciencia personal de las mujeres en tanto que seres humanas.

La Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer de 1979, hizo suya esta inmensa brecha entre los derechos proclamados y la falta de libertad real que experimentan las mujeres en la mayor parte del mundo. En este punto, la cuestión del aborto fue planteada con fuerza como una práctica antiquísima, cuya penalización o falta de regulación adecuada, lo transforma en un hecho inseguro que afecta la salud de las mujeres, al punto de producir innumerables muertes. Desde la Filosofía de la persona esta “práctica” como concreción del derecho humano a decidir, puede ser razonada y argumentada desde la ética de la responsabilidad, que no solamente actúa con anterioridad a una determinada situación, sino que entendiendo el goce de la sexualidad como un derecho, también puede prever la consecuencia de un embarazo no deseado, y en conciencia optar voluntariamente por su interrupción. Este planteamiento no sería posible sin exaltar la cualidad “personal” de las mujeres como sujetas libres y autónomas, dignas de empatía en tanto que seres padecientes y capaces de escoger. Además, hay que denunciar que en muchos casos el aborto es el resultado de la violencia sexual más que del ejercicio de una libertad.

Ahora bien, si por el Principio de Humanidad es ético y digno de empatía poder decidir –antes y después-, como ser que es un fin en sí mismo, ¿existe algún límite para la interrupción voluntaria del embarazo? Esta pregunta es la que en mi opinión conduce a transparentar que no existe en el debate un único paradigma médico-obstétrico, y que por lo mismo, tampoco es posible encerrar la discusión sobre la despenalización del aborto bajo un único punto de vista.

Justamente, la “apropiación conservadora” de la Filosofía de la Persona en cuestiones como el aborto o la eutanasia, tiende a mirar de modo integrista y mecanicista cuestiones como el principio o el fin de la vida humana. Pero sería más justo reconocer que se trata de puntos de vista religiosos, que bajo los ropajes de un pensamiento “aparentemente” universal y razonable, y en estrecha alianza con una obstetricia militante, quieren imponer su paradigma y cerrar el debate. Este hecho es en sí mismo cuestionable, puesto que la posición contraria no es “pro-aborto”, ni busca tampoco imponerlo a través del Estado como una práctica que sustituya los métodos anticonceptivos ya existentes. Al contrario, lo que se persigue es que sea la persona-mujer – ¡cada una en cada caso!- la que en conciencia pueda decidir…

El gran argumento independiente en materia científica –y en diálogo con los derechos humanos y el Feminismo-, se podría resumir en que la vida humana es un proceso continuo en el cual es difícil distinguir e identificar la existencia de hitos “fundamentales”. La vida humana es antes que nada una cualidad que no puede ser comprendida sólo como un mecanismo objetivo y puramente “biológico”. Por comparación, se podría decir que de la misma manera en que una persona con muerte cerebral se considera difunta aún cuando su cuerpo siga funcionando de manera mecánica con la ayuda de un ventilador, en el comienzo de la vida ocurre algo parecido. El huevo es una forma de vida en la que se hayan indistintos aquellos tejidos que van a formar la placenta de los que conformarán el embrión. Posteriormente el embrión va a desarrollar un cuerpo y sus funciones mecánicas básicas, pero el comienzo de la vida neurológica propia, como el control de la respiración, ocurre alrededor de la 12ª semana de gestación. Es decir, sólo a partir de la activación de la vida neurológica existe la posibilidad de una persona y de una futura conciencia. Decimos posibilidad porque aún se trata de una persona en estado de potencia, y deberán pasar meses antes de que nazca, y años antes de que se desarrolle plenamente una “personalidad” única e irrepetible. El objeto de esta reflexión es poder distinguir el concepto de vida humana de aquel propio de la “persona”, que es una definición de tipo ético-jurídica que implica un sujeto de derechos.

En el debate sobre interrupción voluntaria del embarazo, es fácil enredarse en la cuestión sobre “el origen de la vida humana” pero al final resulta inconducente y distractor. Lo éticamente importante es identificar a los sujetos de derecho reconociéndolos en su realidad. Frente a la campaña desplegada por el Arzobispado de Santiago, que ha puesto en el frontis de cada templo un lienzo con la imagen de un feto que dice “yo quiero vivir”, resulta obvia la irrealidad de tal mensaje. Primero, porque aunque el feto hubiera superado la décima semana y fuera ya “persona”, no es capaz por sí mismo de expresar esa voluntad y resulta por tanto manipulador. Segundo, porque la imagen abstrae por completo al feto de la situación de embarazo en que se gesta, con lo que se expresa una evidente invisibilización de las mujeres como personas y sujetas de derechos. Tercero, porque entendiendo que el derecho a decidir es legítimo por cualquier causa hasta la 12ª semana y constituye la “ultima ratio”, no existe en ningún momento el conflicto de derechos entre dos seres equivalentes. La vida del embrión que todavía no es “persona” –y después también- depende por completo del embarazo y de la vida de la mujer, la cual en cambio sí es una “personalidad” autónoma, digna de empatía en tanto que ser padeciente y capaz de escoger desde la libertad y la responsabilidad.

Aunque en este momento se discute en el Congreso un proyecto de ley que reconoce tres causales para despenalizar el aborto, que son el riesgo de vida para la madre, la inviabilidad fetal, y la violación como forma sexual de la violencia contra las mujeres, nada obsta para que en el futuro se pueda agregar una cuarta causal que agregue el derecho a decidir que le es propio a toda persona. Un retroceso en la actual iniciativa significaría un paso atrás en el respeto a los derechos humanos de las mujeres de nuestro país.

En resumen, como dijo Michelle Bachelet, el meollo de todo este debate es que “se ponen en tensión los criterios de humanidad”. Y claro que es así, porque el sentido común que ha sido dominado por una persistente campaña conservadora, tiende a identificar la “persona” con el embrión en vez de aplicar el “Principio de Humanidad” a las mujeres. La interrupción voluntaria del embarazo es un asunto de conciencia de cada mujer y requiere un cambio de perspectiva en la capacidad de empatía de la sociedad, la cual debe pasar del juicio moral a las mujeres al pleno reconocimiento de su libertad y derecho a decidir en tanto que seres humanas.

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